5 Cosas que los padres de adolescentes deben saber.

“Me lo cambiaron”, “ya no es el mismo/a de antes”, “¿qué le pasa?”… son pensamientos que retumban en la mente de papás y mamás que tienen en casa un adolescente, y lo cierto es que la respuesta está en nuestras manos pero no la queremos ver: nada más y nada menos que la adolescencia.

Además de los cambios físicos que suceden en el cuerpo del ser humano durante este ciclo, surgen cambios en la personalidad que requieren del conocimiento y de la preparación de los padres para comprenderlos mejor y saber abordar las situaciones que surgirán en el camino. Así que les presentamos cinco aspectos principales que los padres deben saber, ojalá antes de que sus hijos entren en la adolescencia:

20152303a

1. Verás grandes cambios en tu hijo/a
Ya no será el niño/a juguetón/a que te contará sus aventuras, ni te abrazará cuando llegues a casa; ahora te responderá con monosílabos y tal vez ni te salude.
Una queja común de los padres de adolescentes es que su hijo pasó de ser una persona tierna, amable y buen genio, a ser un joven retraído, tal vez algo rebelde y altanero. En algunos chicos/as es más drástico que en otros, pero lo normal es que se presenten cambios, por ejemplo, en la infancia es característico el juego y la actividad; en la adolescencia ocurre lo contrario: inactividad, dejadez y pereza. De ahí que el adolescente pueda dormir horas y horas.
También, por esa misma flojera, podrán ser desordenados y olvidadizos, lo que se convierte en un campo de batalla entre padres y adolescentes. “Si te vuelves loco con el abrigo tirado en medio, o las toallas tiradas en el baño, respira profundo y sigue adelante. Simplemente hay que tener en cuenta que no lo hace para molestarnos, es un reflejo de que sus pensamientos están en otra parte.” Explica Tania Santiago, Profesora de Secundaria y Bachillerato, en un artículo de Sontushijos.org.

2. Se preocupará por su apariencia más que nunca
Una de las mayores preocupaciones de los adolescentes es su apariencia. El cuerpo está en pleno cambio, no es de extrañar que los adolescentes pasen tanto tiempo mirándose al espejo.
“Si tu hijo no es feliz con lo que ve (pocos los son) esto puede mermar su autoestima. Intenta evitar hacer bromas sobre su físico, y también es un error hacerles pensar que no tiene importancia. Para lo que en tu opinión es una tontería para ellos representa un mundo. Intenta explicarle que la gente apenas nota lo que a ellos dan tanta importancia. Cuanto mejor se sientan los adolescentes con ellos mismos, su autoestima será mejor y tendrán más armas para enfrentarse a los problemas de cada día.” Sugiere la educadora Salgado.

3. Será un torbellino de emociones
En la adolescencia se da el descubrimiento de la propia identidad. Hay una ambivalencia entre infancia y madurez, es decir, se descubre a sí mismo con rasgos de adulto y rasgos de niño. Esta situación lo lleva a una inseguridad ante la ambigua realidad, para lo cual usa máscaras de comportamiento que impiden a los demás darse cuenta de la realidad. Esto es un mecanismo inconsciente.Esas máscaras son la agresividad y la rebeldía. Cada adolescente tiene una forma distinta de ser agresivo, algunas veces con violencia verbal o de comportamiento, y otras en forma de ensimismamiento. Otros en cambio lo expresarán a través de un deseo de llamar la atención, pues le quieren gritar al mundo “yo soy yo”.

4. Deberás seguir siendo su padre, no te conviertas en su amigo
Durante la adolescencia es frecuente que los padres se cuestionen hasta dónde deben ser amigos de sus hijos y hasta dónde deben ser sus figuras de autoridad, pues sienten temor de ser `malos´ con ellos y no quieren sentirse rechazados.
La sicóloga chilena Pilar Sordo explica al respecto: “No queremos verles la cara larga, que nos digan que somos anticuados, distintos a los padres de sus compañeros, que somos ‘mala onda’. En realidad, queremos ser papás buena onda, aparecer como evolucionados y esto nos hace ser tremendamente ambiguos en nuestra forma de educar; nos cuesta decir que no. (…) Con lo que metemos a los niños en una red de inseguridades que les impide conocer qué es correcto y qué no y todo parece permitido.”
Lo cierto es que la amistad anula la autoridad de los padres: no es posible que ambos conceptos compaginen en el rol de padres, tienen fines distintos; la autoridad educa, la amistad desvía el objetivo educativo.
Lo que sí es adecuado es construir una relación de confianza, incluso cuando un padre logra ganarse la confianza de sus hijos, es cuando realmente está haciendo un buen manejo de la autoridad. Dicha confianza se caracteriza por la existencia de líneas abiertas al diálogo, la escucha permanente, al trato cercano y las orientaciones pertinentes -todo esto hace parte del ejercicio educativo de los padres, muy diferente a la dinámica que llevan los amigos-.

5. Necesitará de ti. No lo dejes solo
Todos estos cambios no resultan fáciles para los padres, pues muchos no saben cómo adaptarse y optan por dejarlos vivir en su mundo para no generar roces y discusiones. Pero este distanciamiento es un gravísimo error. En esta etapa, los padres deben estar muy presentes, esto les da seguridad y les refuerza su autoestima.
Así lo aseguran numerosas investigaciones, una de ellas de la Universidad Estatal de Pennsylvania la cual reveló que mientras más tiempo pasen los padres con sus hijos, estos tendrán mejor desarrollo social en el colegio y mayor autoestima en la adolescencia. “Disponer tiempo con los hijos puede ser una tarea compleja para muchos padres por el trabajo. Sin embargo, todo cuenta”, dice al diario La Tercera Susan MacHale, sicóloga y autora de la investigación.
Es que los hijos en esta edad, ven en todo contacto, interés por ellos. “La presencia y cercanía con los hijos les demuestra interés en su vida, lo que repercute en su autoestima, ya que se sienten validados por el otro”, sostiene el doctor en Psicología, Rodrigo de la Fabián. Y si ese “otro” son los padres, su salud mental es más fuerte.

lafamlia.info

Sobrevalorar a los hijos hace que se vuelvan narcisistas.

Para mejorar la autoestima de los niños, lo importante es que se sientan queridos y se les acepte tal como son. La egolatría es un problema creciente en las sociedades occidentales, advierten los investigadores. El consejo de los investigadores: transmitir afecto a los hijos sin hacerles creer que son superiores a los demás

Los padres que piensan que sus hijos son mejores que otros niños no les ayudan a ganar autoestima. Al contrario, les perjudican ya que aumentan el riesgo de que se vuelvan narcisistas. Son las conclusiones del primer estudio que ha analizado cómo se desarrolla la egolatría en la infancia, realizado por un equipo científico internacional y presentado ayer en la edición electrónica de la revista PNAS. Para potenciar la autoestima, concluye el estudio, lo importante es hacer que los niños y niñas se sientan queridos, no que se sientan mejores que los demás.

Mother Smiling at Son“El narcisismo es un problema creciente en las sociedades occidentales”, explica en un correo electrónico Eddie Brummelman, investigador de la Universidad de Amsterdam y primer autor del estudio. Según datos de Estados Unidos, los niveles de narcisismo han estado aumentando desde 1980, coincidiendo con la creciente preocupación de padres, educadores y psicólogos por favorecer la autoestima de los niños.
Sin embargo, mientras la autoestima es beneficiosa y reduce el riesgo de trastornos psicológicos, el narcisismo tiene el efecto opuesto. “Aunque los narcisistas se sienten superiores a los demás, no se sienten necesariamente satisfechos consigo mismos”, escriben los investigadores en PNAS. Cuando se sienten humillados, tienden a reaccionar con agresividad. Los psiquiatras incluso han descrito el Trastorno de Personalidad Narcisista, que conlleva un mayor riesgo de otros trastornos psiquiátricos como depresión y ansiedad.

El estudio se ha basado en niños y niñas de entre 7 y 11 años, pues es la franja de edad en que empiezan a emerger los rasgos narcisistas. Sus resultados no son válidos para niños más pequeños, que suelen percibirse a sí mismos como el centro del mundo sin que sea motivo de preocupación.
Para comprender cómo se desarrollan el narcisismo y la autoestima durante la infancia, los investigadores han hecho encuestas a 565 niños/as. También han contestado a las encuestas 415 madres y 290 padres. Para cada niño y cada adulto, se ha repetido la encuesta cuatro veces con seis meses de diferencia a lo largo de un año y medio.

Las encuestas a los niños incluían ítems para valorar el narcisismo (“los niños como yo merecemos un trato especial”), la autoestima (“los niños como yo nos sentimos felices con nosotros mismos tal como somos”) o el hecho de sentirse queridos (“mi padre/madre me hace saber que me quiere”).

Las encuestas a los padres evaluaban si sobrevaloraban a sus hijos (“mi hijo es más especial que otros niños”) y el cariño que les daban (“hago saber a mi hijo que le quiero”).
Las respuestas indican que, cuando los padres sobrevaloran a los hijos, el narcisismo de los niños aumenta seis meses después en la encuesta siguiente. Por el contrario, cuando el narcisismo de los niños es alto, la sobrevaloración de los padres no aumenta.

“Los niños se lo creen cuando sus padres les transmiten que son más especiales que los demás”, declara en un comunicado Brad Bushman, coautor de la investigación de la Universidad del Estado de Ohio (EE.UU.). De este modo, internalizan la idea de que son superiores.

La autoestima de los niños, por el contrario, es independiente de este sentimiento de superioridad. Los resultados del estudio muestran que los niños más narcisistas no tienen más autoestima. Lo que más favorece la autoestima de los niños es el hecho de sentirse queridos y aceptados por sus padres.

Con estos resultados, Brummelman recomienda a los padres “que transmitan afecto y aceptación a sus hijos sin transmitirles la idea de que son superiores a los demás”.

 LaVanguardia – 20.03.2015

Diez pautas para educar.

Carloooos! Que te he dicho que te duches, te sientes a la mesa y recojas tu cuarto… ¡YA! No entiendo por qué no me haces caso a la primera, siempre tengo que gritarte y ni por esas, me tienes hartísima. Cuando venga tu padre, se lo digo. Me desesperas. Si es que no puedo contigo, un día de estos te voy a dar un bofetón”.

Después de esta escena, algunas madres dan un portazo, incluso lloran de desesperación. No entienden que su hijo no haga lo que se le pide a la primera. La explicación que dan es que el niño es desobediente, malo, y que no hay nada que hacer por conseguir paz en casa. Terminan por juzgarse como malas madres e ineficaces en la educación de sus hijos. En la escena podemos encadenar varios errores para que Carlos no obedezca: dar voces, órdenes contradictorias, comunicarle que ha perdido la batalla (“puedes conmigo, me desesperas”) y amenazarle con hablar con su padre demostrando que su autoridad es nula.

educacion 1

“El propósito de la educación es lograr que los niños quieran hacer lo que deben hacer” (Howard Gardner)

La mayoría de padres ve la tarea de educar como algo difícil. Pero si anticipa todo lo que puede fallar, que su hijo no estudiará, se relacionará con amigos que resten, no comerá… esto le desesperará y caerá en la profecía autocumplida. Lo más importante en la educación es establecer unas reglas que no se salte ni usted. Trabaje para que se cumplan desde edad temprana. A partir de los seis meses los niños entienden muchas cosas; no se expresan, pero empiezan a diferenciar entre “esto sí se puede y esto no”. No trate de educar a un chaval de 15 años al que lleva consintiendo todo este tiempo, será tarde. Cuanto antes sepan sus hijos que hay normas, que los premios van asociados al cumplimiento de responsabilidades, que todos tienen que colaborar, antes conseguirá tener hijos educados, responsables y con autonomía.

La mejor prevención en educación es la intervención temprana. Muchos padres se quejan de que los niños no vienen con un manual bajo el brazo, pero si siguen estas reglas básicas, seguramente le allanarán el camino que supone educar.

Primero. Volumen y tono conversacionales. Conseguir que le hagan caso no es cuestión de hablar alto. El poder está más en lo que se dice, en las consecuencias que conllevará no hacerlo a la primera, en la coherencia y en ser muy disciplinado con las rutinas. Si quiere que sus hijos le respeten, empiece por respetarles a ellos. Nadie quiere obedecer a alguien que no se muestra seguro y relajado.

Segundo. Noórdenes contradictorias. Si le dice a su hijo que se duche, que recoja su cuarto y que se siente a la mesa, sin indicarle el orden, igual lo bloquea. Dígale lo primero que tiene que hacer, y cuando haya finalizado, lo segundo. Si su hijo tiene edad para memorizar varias órdenes, enuméreselas, dígale cuál es su prioridad. No espere que él la sepa, porque tiene las suyas propias.

Tercero. Imaginación. Haga un concurso por semana para que jueguen “a hacer lo que deben”; puede ser sobre cualquier comportamiento a corregir. Los domingos lo puede anunciar: “A partir de mañana, se celebra el fantástico concurso de ‘Quién tiene la dentadura de caballo más limpia’. Las bases son estas: limpiarse los dientes tres veces al día y pasar revista. Las puntuaciones de papá y mías se sumarán, y el viernes anunciaremos ganador”. Si quiere que los niños se lo tomen en serio, haga lo mismo. Y tenga paciencia, hasta que se convierta en rutina necesita tiempo. El juego genera un ambiente relajado en el que apetece más aprender y obedecer.

Cuarto. No quiera modificar en su hijo todo lo que le molesta de una vez. Si se pasa el día diciéndole lo que hace mal, terminará por cargarse su autoestima. Elija una conducta a modificar y céntrese en ella siguiendo las pautas de este artículo. Cuando lo consiga, siga con otra.

Quinto. Cuando corrija o muestre su enfado con ellos, no los ningunee, ni ridiculice, ni haga juicios de valor. Si lo hace, terminarán por comportarse conforme a las expectativas que se han puesto en ellos y les afectará a la autoestima. Es mejor decir: “No me gusta ver tu cuarto desordenado; por favor, guarda los juguetes en las cajas”, a decirles: “Eres un guarro, qué asco de dormitorio”. No consiga que se cumpla la profecía autocumplida. Si les transmite que no confía en ellos y que no espera nada, puede que se cumpla.

Sexto. Sea constante. Aquello muy importante, basta con que lo argumente una vez, no busque más razonamientos porque su hijo no los necesita. Simplemente busca ganar tiempo para no hacer lo que debe. Dígale: “Esto no es negociable; cuanto antes empieces, antes podrás disfrutar de lo que más te gusta”. Negocie lo que sea negociable y no siente precedente con lo que no lo es.

Séptimo. Paciencia y calma. Las personas que transmiten con paciencia son más creíbles y generan un ambiente cálido y relajado. Cuando introduce cambios en la manera de educar, al principio los niños reaccionan con incertidumbre: “¿Qué significa que mi madre/padre ahora están calmados y no me gritan?”. Deles tiempo, necesitan acostumbrarse a esta nueva forma de comunicarse.

Octavo. No se contradiga con su pareja. Los niños tienen que saber que la filosofía y la escala de valores parten de los dos. Si no, estarán chantajeando a uno y a otro, fomentando el engaño para conseguir lo que quieren. Terminará por tener muchas discusiones con su pareja por eso. No se descalifiquen, ni ridiculicen, ni contradigan delante de ellos. Todo aquello en lo que no estén de acuerdo, háblenlo en la intimidad y negocien.

Noveno. Nunca levante los castigos. Es preferible aplazarlo, pero que sea efectivo y lo cumpla, que imponer uno muy duro fruto de la ira y que luego deshará convirtiéndose en alguien a quien se puede chantajear. Dígale: “Esto merece un castigo, ya te diré qué va a pasar”.

Décimo. Mejor que el castigo, el refuerzo. Significa prestar atención a lo que hace bien, cualquier cambio, y decírselo. Si continuamente centra la atención en lo que hace mal y le corrige y se enfada, su hijo aprenderá que esta es la manera de llamar su atención. Todo lo que se refuerza, se repite. Al niño le gusta que sus padres estén orgullosos de él, pero tiene que decirle de qué se siente usted orgulloso, porque él no lo va a adivinar.

Recuerde lo más fundamental: hasta la adolescencia, no hay figuras más importantes que los padres. Si trata de educar en una dirección, pero se comporta en otra, será inútil. Los hijos copian, son esponjas. Educar con acciones tiene mucho más impacto que con palabras.

Patricia Ramirez.El País Semanal